¿Las novedades Blizzard son el pasado de sus franquicias?

Por Javier Velásquez #
Collage con un marine de StarCraft, aventureros de World of Warcraft ante un árbol gigante y un jinete con maza

BlizzCon 2026: Blizzard resucita sus franquicias a golpe de nostalgia

La BlizzCon de 2026 podrá ser, para los fanáticos fieles de sus juegos y sus seguidores más críticos, el evento del año con anuncios que parecen, en retrospectiva, más vivos que los que nos trajeron en el 2023, siendo el último año hasta ahora, pues Blizzard no realizó ninguno en los años posteriores hasta tres años después. Un fresco que, nuevamente en retrospectiva, parecía necesario y atrevido, luego de unos años de descanso empresarial.

En un evento de novedades para la comunidad menos fría (pero sí sus críticos) con sus franquicias y marcas, Blizzard parece recordarle a su público que no ha olvidado que puede invocar el «hype» para generar visitas y ganancias al explotar sus nuevos productos para medios de comunicación y audiencias usando lo que tiene guardado en los escritorios de sus oficinas.

Hagamos una evaluación sobre lo que nos deja Blizzard con la calma del tiempo ya pasado y lo que se ha sabido después, de lo que parece que Blizzard hace al jugar nuevamente con las historias reutilizadas de sus productos, sí, aquellos que, irónicamente, intentó olvidar mediante actualizaciones que quitaban acceso a viejo material para forzar y darle mantenimiento solo a lo nuevo.

StarCraft, Hearthstone y Heroes of the Storm

Primero vemos que, al fin, Blizzard logró tener una excusa para resucitar a StarCraft, luego de silencio por años después de cerrar el ciclo de StarCraft II, y un posible desinterés en una continuidad u otros juegos. Pero es una noticia algo amarga con un anuncio de un juego que llegará hasta el año 2030, una demorada promesa que viene con un predecible cambio del sistema de los RTS (siendo la empresa pionera con este mismo universo) para presentar un juego de disparos de mundo abierto, algo que se podría entrever si recordamos algunas cancelaciones de proyectos pasados que podrían haber sido ese nuevo StarCraft que nunca fue, y por fin será realidad, o eso es lo que parece.

A pesar de que puede ser obviada por siempre estar ahí o subestimada como irrelevante, por parte de seguidores de otras franquicias de Blizzard, Hearthstone sigue con vida al anunciar una nueva expansión sobre el Imperio Negro, posiblemente una mejor presentación que la que nos dieron en BFA. Además de cartas, una nueva clase para el año siguiente y otras mecánicas de un juego que sigue presente en la cartera de la empresa. Como exvidente draeniano, siempre he previsto que un declive futuro en Hearthstone llegue a ser augurio de que algo mucho peor vendrá. Peor que despidos, cancelaciones y cese de actualizaciones.

Otro es el caso de que, luego de parecer en coma de casi inevitable perdición oficialmente el 2022, Heroes of the Storm parece que mantendrá a Blizzard como competidor en los MOBA con un jefe que coincide con su última expansión de WOW, así como premios para la comunidad en Twitch (muy abandonada desde hace siete años) y afirmaron que traerán más novedades. Tal vez un intento de resarcir su casi cese total cuatro años atrás o lograron entender el potencial de deporte digital que tiene el juego así como mercadeo de sus otras franquicias. Esperemos que vea Blizzard que no solo los MMORPG son dinero y comunidad, sino que un MOBA puede hacer más, y más si aportaste como empresa al desarrollo de aspectos precursores.

Nova lanzando un beso y un marine de armadura azul con ametralladora, personajes de StarCraft, sobre un cielo nublado

Overwatch, Diablo y World of Warcraft

Del increíble y desaprovechado alcance que pudo tener Blizzard en el deporte digital no solo como negocio sino como ecosistema, Overwatch ahora intenta ser reflotado por Blizzard con la llegada de un nuevo héroe y contenido nuevo de este juego de disparos en línea, algo piadoso para un juego que, a pesar de haber sido premiado por los D.I.C.E. Awards en el 2016, la misma Blizzard desistió de darle una atención merecida a uno de sus pocos juegos de casi total cobertura multiplataforma y al parecer el más querido más allá de los muros del consumidor exclusivo de los productos de Blizzard (principalmente WOW), luego de no recibir muy buena recepción a su versión de «nuevo juego» llamado, y luego borrado, como Overwatch 2. Un olvido que le costará enfrentarse a juegos de la talla nada despreciable como Valorant o Marvel Rivals; tal vez, para esta nueva avanzada, Blizzard incluyó un guiño de estar hablando con Netflix sobre Overwatch, además de un proyecto de serie sobre Diablo y Warcraft.

La cuestión de Diablo, que parece emocionante novedad, es más preocupante si se es un diablero nostálgico o de nicho. Las novedades del Diablo IV que vuelven a refritar símbolos del pasado reutilizados (Tumba de Tal Rasha, el personaje de la amazona) parecen mostrar un cierre progresivo para darle paso al anunciado nuevo juego de Diablo V en unos años. El problema no parece ser que el nuevo Diablo indique poco éxito del actual; puede seguir siendo mantenido vivo, pero este universo es evidencia de que sacar contenido no es siempre indicador de logros; con un inicio estrellado y competidores que lograron no solo evitar ser «diablo-killers» (sí, fue mucho mejor que buscar serlo) como mayor éxito. El asunto es que no es un camino saludable lo que le espera a este universo debido a los anuncios, en medio de la moda empresarial de «reestructuración», mientras siguen con un Diablo eternamente resucitado con contenido por cobrar hasta sobreexplotar a Santuario y hastiar al jugador hasta la locura.

La mina de oro de Blizzard siempre ha sido Warcraft y sigue sin desaprovechar sus predecibles pero necesarias novedades, pues además de cumplir con la llegada final de la prometida trilogía (en decepcionante declive) The Last Titan. Y es muy probable que la empresa usara muchas de sus cartas para no quedarse sin suscriptores, pues desesperados sacaron del peor consejo de Metzen; unos elfos —con aires— kyrianos que nadie pidió (si es que los encuestados querían elfos), cuando ya tenían la prueba de una «tortuga pirata» tras el éxito de traer a los altos elfos, y la obvia exigencia de traer paladines no muertos para una ludonarrativa que ya tenía sacerdotes no muertos (además de mostrar que puede haber hasta señores del terror u ogros «intoxicados» por la luz). Todo en un predecible movimiento que es el nuevo WOW Forever, versión típica de mercado de juegos como servicios Premium+ al tomar la experiencia con Classic – Season of Discovery, además de lo incautado de servidores privados, como TurtleWOW y Project Ascension. Una movida, para así salvarse de la audiencia más conservadora, así como debilitar (sin acabarla, que sirve como experimento de mercado) la masa nostálgica o menos acaudalada que sostiene a servidores privados. Ofreciéndonos dos versiones del WOW para cubrir, desde dos puntos estratégicos, a un público exigente que migraba o abandonaba el juego agotados por su propio consumo desaforado de contenido efímero o burdo. Logrando Blizzard usar su propia reserva de nostalgia, beneficios no reclamados (en contenido cortado o ideas descartadas) y clamor del público en una buena defensa para tiempos de producción de juegos MMORPG casi automática.

Sylvanas Brisaveloz con capucha, ojos rojos y armadura púrpura con hombrera de calavera, en Warcraft III Reforged

Una pausa sobre Metzen y la nueva expansión de Warcraft III

Una pausa para reflexionar… Con esto de los célicos o elfos vientonatos/aeronatos, ¿no es hora ya de desacralizar un poco a Metzen y compañía, además de no idealizar a Blizzard?

Ahora, bajo la marca Warcraft, ya la empresa sabía todo el potencial malgastado y acumulando polvo que tenía su clásico RTS, así que en lugar de traer un nuevo Warcraft que continuara lo que nos dejó el éxito del tercer juego, y se salvara de la horrible mentira que vendieron con (las cinemáticas inexistentes) Warcraft III Reforged, optaron por una nueva expansión del Warcraft III, porque Blizzard siempre repite y nunca se equivoca (?). Con esta expansión vuelve a ensalzar la nostalgia por los fanáticos de Arthas y todo lo relacionado con el Rey Exánime, jugando con sucesos tipo «intercuela» entre la caída del reino humano, la primacía del Azote y el ascenso de los Renegados.

Un cambio gráfico, tal vez ludonarrativo y comercial equivocado, si ya habían reforjado el juego con el lente de WOW y no el propio de Warcraft III, mientras este parecieran «rumblizarlo» o evocar la estética de un olvidado Warcraft Rumble, irónicamente este último ni pasó por la BlizzCon como recuerdo. Pero esto da para tratarse en otro texto.

La nostalgia como estrategia de toda la industria

Blizzard, por lo pronto, parece continuar la continua estrategia que sigue toda la industria del entretenimiento, así que no podemos culpar a una sola pobre empresa multimillonaria; no necesitan verse presionados por un Warcraft IV, WOW 2 o StarCraft 3. ¿Serían mejores estas movidas de reforjar, resucitar y reparchear si en un universo alternativo viéramos que la misma empresa entra en la ruina porque sus «totalmente» nuevos juegos llegaron a ser odiados, solo por alejarse de su tradición e historia?

Desde el cine hasta los videojuegos, la industria lleva años reiniciando y resucitando productos al darse cuenta de que los nostálgicos podrían tratarse como público segmentado, o que la huella de su propuesta pasada (reajustada) podría quedarse en nueva audiencia y abrirse a más compradores juveniles.

No debemos temer al pensar que la industria del entretenimiento no siempre quiere agradecer o salvaguardar a la nostalgia por mantenerlos económicamente vivos y artísticamente darles valor, así como culturalmente apropiarlos a la humanidad; puede que utilicen esto más para seguir sosteniendo en tiempos de cambios financieros causados por novedades tecnológicas que trae la IAgen, buscando buenos reportes para los ejecutivos e inversionistas. Y esto a costa de sacrificar no solo los universos de videojuegos que nos han acompañado o cambiado la vida, sino miles de empleos, proyectos artísticos y potencial cultural merecedor de aprecio masivo.

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