La industria del videojuego se encamina sin frenos hacia una muerte anunciada en la que la homogeneización lo será todo
Desde hace un tiempo a esta parte siento que el mundo de los videojuegos no se parece en nada a lo que disfrutaba hace años. El tipo de industria que nos está dejando la absurda monetización y el contenido a granel ha hecho que, a día de hoy, me cueste reconocer el medio como aquello que fue. O al menos si hablamos de las grandes producciones. Claro, hay excepciones, pero la tónica general es que la mayoría de videojuegos me producen… desidia. Sí, esa es la palabra.
Desidia que solo consigue opacar los juegos indies, pues ahí es donde quedan los últimos reductos de originalidad y amor por el medio. ¿La pena? Pues que un indie da para lo que da y a veces se echa en falta ese videojuego triple A que no busca contentar al jugador ni ser raro por ser raro (sí, te miro a ti, Death Stranding 2). El triple A está en una decadencia absoluta y no queda más remedio que esperar a que el asunto toque fondo y, con suerte, el medio sobreviva purgando todo lo malo que hay en él.
Grandes obras vacías
Objetivamente hablando —si es que eso existe en un arte como el de los videojuegos— tenemos los juegos que mejor se ven y mejor se juegan, con los detalles más enfermizos y con unas producciones dignas de Hollywood, algo con lo que siempre hemos soñado. Pero también tenemos los videojuegos más carentes de alma, porque ya no hay lugar para la imaginación ni para la experimentación. Porque el próximo Marvel’s Spider-Man 3 tiene que salir perfecto y no puede fallar. Porque, en estos tiempos, algo como Metal Gear Solid 2 es simplemente imposible de imaginar. Y eso es una pena inmensa.

Hablemos de PlayStation. Antes de que Sony tirase por la borda toda una generación de consolas por un viraje absurdo hacia los juegos como servicio, perdiendo por el camino su identidad, se marcó una generación como la de PlayStation 4, en la que se crearon nuevas franquicias, se renovaron las ya existentes y se apostó por el nicho como nunca antes se había hecho. Hablo de lanzamientos como Horizon Zero Dawn, God of War 2018 o Bloodborne. El primero puso la piedra para crear una nueva franquicia que se ha convertido en la bandera de Sony. Una franquicia protagonizada por una mujer carismática que puede gustar más o menos, pero que apostó por una jugabilidad novedosa y todo un universo nuevo, utilizando para ello al equipo que intentó crear el Halo killer sin éxito año tras año. Sí, hoy en día Guerrilla habría cerrado al año de lanzar su primer juego por no lograr el objetivo. Qué cosas, ¿eh?
God of War es otro gran ejemplo del buen hacer de Sony en PlayStation 4. Cogieron una saga mítica, legendaria y que destacaba por ser absurda y frenética para crear algo profundo, serio y con mensaje. Más lento, más chapas, más largo y menos ágil, pero el nuevo Kratos conquistó a todos los fans de la saga porque dotaron de humanidad al Dios de la Guerra en lugar de elevarlo al Olimpo. ¿Y Bloodborne? Pues sí, Miyazaki ya no era un don nadie, pero tampoco gozaba de la fama actual como para coger y darle el presupuesto necesario para desarrollar una obra tan de autor y tan poco buscadora de grandes masas como lo fue Bloodborne. Una apuesta que salió bien y que ahora no veríamos ni de coña, pues el estudio al que se le encargó algo similar ha sido echado a patadas de Sony.
Todo eso fue cuando los juegos no costaban 300 millones de euros y se podía experimentar un poco más con el fin de ofrecer experiencias únicas. Ahora —y aquí puede que no estéis de acuerdo conmigo— PlayStation está haciendo buenos juegos singleplayer que no pretenden desangrar al jugador… pero tampoco son nada nuevo. God of War Ragnarök, Horizon Forbidden West, Marvel’s Spider-Man 2 y Ghost of Yotei han sido sus lanzamientos más sonados en esta generación, pero todos son secuelas muy poco o nada rompedoras. Conservadoras, porque hay que garantizar que guste a la gente. Y eso que hemos tenido pequeños reductos —y a la vez los mejores juegos— como Astro Bot y Returnal, pero el ritmo de lanzamiento y de riesgo ahora es mínimo. Por suerte hemos tenido otro pequeño baile con Housemarque de la mano de Saros. ¿E Intergalactic? Pues veremos cómo sale, pero se agradece que dejen a Naughty Dog hacer una nueva IP en lugar de Uncharted 5, The Last of Us Parte III o un multijugador de The Last of Us (ups).
Creo que Sony se salva en cierta medida, como también lo hace una Capcom que sigue en estado de gracia con su Resident Evil, su Pragmata y casi con cualquier cosa que lanza… pero el resto de compañías pintan mal. Y lo hacen porque no hay riesgo, tampoco recompensa. No son capaces de diseñar un juego incontestable como sí lo pueden hacer Sony o Capcom aunque vayan a lo seguro. Tenemos cosas como Crimson Desert, un juego diseñado pensando en la lógica de un buffet libre: el contenido por el contenido, todo a gusto del jugador sin pararse a tener una dirección marcada más allá que la de complacer.

Starfield, por ejemplo, es otro de esos juegos hechos para satisfacer pero sin ningún tipo de alma. Actualmente estoy jugándolo en PlayStation 5 y eh, el juego está bien: es divertido en su jugabilidad, completo en opciones y se ve guay. Pero cutrea. Joder cómo cutrea. Cutrea hasta el punto de ser vergonzoso y de notarse que es un juego sin alma nacido por el simple hecho de intentar abarcar los cielos y decir «eh, mira que Skyrim espacial tan guapo tenemos», cuando no te has dignado ni a cambiar de motor ni a diseñar otro sistema de cámaras en los diálogos.
Pienso también en Death Stranding 2 y cómo es el reflejo perfecto de la situación de la industria. El primero fue una obra que únicamente pensaba en sí misma y en lo que quería transmitir. Un juego contemplativo donde era preferible evitar la acción y en el que ser precavido y conservador era la mejor opción. Un juego que podía ser aburrido, sí, pero que quería contar algo con la jugabilidad y las mecánicas. Hablaba de la soledad, de la humanidad y de los límites. De la superación, la bondad y de la esperanza. Pero su secuela decidió venderse al gran público. Decidió que la gente valoraría mejor una buena tabla de surf que se desplaza por cualquier terreno y un guion pensado para que, cada instante, te dijesen quinientas veces lo que estabas viendo. Death Stranding 2 se fijó en los productos de Netflix y es una decisión que aún no he superado y que me duele.
El triple A está condenado a desaparecer o a reformularse, pues son muy pocas las compañías que pueden hacer un trabajo digno sin poner en riesgo la visión creativa en pos de las ventas. Quizá por ello, si buscamos algo que tenga «alma», debamos mirar a los doble A o a los indies, claro está.

He escrito tres libros con mis desgracias. Soy sociólogo porque de algo hay que comer. Miyazaki y Kojima os como los huevos.

