despelote: una carta de amor a los que un día fueron niños

En despelote, niños juegan fútbol en una calle de barrio andino, con estética sepia y personajes dibujados sobre fondo real.

despelote es una experiencia narrativa en primera persona cuyo foco es la infancia, pero el protagonista es el fútbol.

El fútbol —o mejor dicho, el deporte, en general— es uno de los mejores y mayores pegamentos sociales que existen. Pongo un ejemplo conocido: cuando Andrés Iniesta marcó el gol aquel 11 de julio de 2010 que dio a España su primer Mundial, todos éramos españoles, independientemente del color de piel, el pensamiento o la circunstancia de quien teníamos al lado. Desgraciadamente, eso no pasa en todas las esferas —de hecho, ni los campos de fútbol se libran de soflamas racistas, entre otras perlas—, pero sí es cierto que, con el fútbol, parece que todos nos embriagamos un poco; va a ser verdad eso de que el fútbol es «el opio del pueblo».

Un alegato a la niñez

Despelote, el videojuego de Julián Cordero y Sebastián Valbuena nominado a la categoría Games for Impact en estos pasados GOTY, va un poco de eso. Encarnamos a Julián cuando tenía 8 años; era el año 2001 y todo el país de Ecuador estaba en vilo por la posible clasificación de la selección al Mundial del año siguiente. Alrededor de dicho suceso, un sinfín de turbulencias: trifulcas gubernamentales, protestas ciudadanas, hechos históricos… Pero todo era secundario: en ese momento, apoyar a la selección era menester, fuera como fuera.

Despelote hace una cosa muy bien: sabe cómo llevar al jugador a la mirada de un niño de 8 años que no tiene preocupación por nada y cuyo único aliciente es la pelota. A su alrededor ocurre la comúnmente conocida como vida: sus padres conversan de un tema que atañe relativa gravedad, pero que a Julián le da igual; su hermana le pide jugar al escondite —y, por ende, pasar tiempo juntos—, pero él prefiere chutar el balón; van en el coche y le preguntan algo del colegio, a lo que él se ensimisma pensando en el próximo partido de la selección que los acercaría al Mundial de Corea, etc.

Y es que este juego, esta experiencia en primera persona, te retrotrae a tu infancia; da igual que sea el fútbol, los videojuegos, los tazos o los dibujos animados: a todos nosotros nos pasaba la vida por delante, de mejor o peor forma, cuando éramos críos, y no fuimos conscientes de ello. Este juego es, en parte, un cántico a la vida, a esos pequeños momentos que definen el camino de una persona: una conversación, una pequeña regañina para mejorar, la preocupación de una madre por no ver a su hijo cuando le advierte de que no se mueva. Es un alegato a esa conformación de la persona en su etapa más temprana, pero que no le presta atención porque no lo valora. Ahora, viéndolo ya de más adultos, entendemos mucho más aquel consejo que nos dio nuestro abuelo, o por qué nuestra madre nos regañaba por hacer o deshacer algo. Todo cobra sentido, aunque en aquel entonces todo careciera de él.

Despelote es un reflejo de todos y cada uno de nosotros cuando hemos sido niños y nos ha dado igual todo lo que orbitaba sobre nosotros. Todo ello con un telón de fondo, un contexto, que es la clasificación de Ecuador al Mundial de 2002. Una obra magnífica, sensible, personal; un alegato a la infancia y a disfrutar de ser un niño sin mayor preocupación que la de no pinchar la pelota o que nuestra madre nos regañe por llegar tarde a la cena.

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