Simogo crea un juego de puzles interconectados que poco a poco se va abriendo y cuyo único objetivo es destapar la verdad que esconden sus personajes.
La frase de Antoine Saint-Exupéry en El principito, «Lo esencial es invisible a los ojos», ha resonado constantemente en mi cabeza mientras jugaba el último título de Simogo, Lorelei and the Laser Eyes. Resulta que aquí nada es lo que parece, como en muchos casos; una carta misteriosa que cita a la protagonista, Lorelei Weiss, en una excéntrica mansión desarrollará una historia de años atrás llena de misterios, turbulencias y accidentes no accidentales cuyo único propósito es descubrir la verdad de lo que sucedió tiempo atrás. ¿Quién es el bueno? ¿Quién es Lorelei? ¿Qué hace en una mansión repleta de candados y puertas selladas sin relación aparente? El propio avance lo escudriñará.
La verdad, solo la verdad y nada más que la verdad
Lorelei and the Laser Eyes es un videojuego de puzles con algunos tintes de juego de terror y exploración. El objetivo, o el cometido, es encontrar la verdad: descubrir lo que sucedió años atrás, cuando el cineasta Renzo Nero murió en extrañísimas circunstancias y bajo un halo de misterio. Todo ello, insisto, con la averiguación mediante: avanzar es a veces lento, cuestionable; muchas veces no sabremos hacia qué dirección vamos, qué tenemos que hacer, qué tenemos que buscar. Simplemente basta con avanzar, ir resolviendo pruebas y averiguar cómo se pueden conectar unas con otras para, eureka, encontrar ese pequeño resquicio que llevabas tiempo intentando abordar.

Pero no lo he dicho: ¿cómo funciona Lorelei and the Laser Eyes? El título funciona más como una gran escape room que como un juego de puzles más clásico. La mansión tiene decenas de ubicaciones, muchas de ellas ocultas, todas —o casi todas— con algún puzle o acertijo que resolver. La esencia es que todo tiene una conexión: al poco de empezar el título, descubrimos una biblioteca con un diario sellado por una contraseña relacionada con fases lunares. No es hasta bien entrado el último tercio del juego que descubrimos cómo abrirlo y encontrar dos piezas clave para acercarnos al final.
Esto es un mero ejemplo, casi extremo, del funcionamiento de la obra. Básicamente, es una relación constante de pruebas, de visualizar caminos ocultos e identificar qué necesitaríamos para abrirlo y, en la prueba más inesperada, obtenerlo. Una fecha, la disposición de unos cuadros en una pared, un cuadro dado la vuelta; poco a poco empiezas a entender el funcionamiento de los puzles, a encajar las piezas de la enorme mansión que transitas de aquí para allá, pero que, con paciencia y clemencia paulatina —al principio estamos más perdidos que un pulpo en un garaje—, se va abriendo para desentrañar el misterio de qué narices hacemos ahí.
Las pruebas como tal no son difíciles; más bien requieren de cierto pensamiento lateral. En muchas notas que encontramos hay epígrafes subrayados; muchos de los candados se desbloquean recordando años o fechas clave; y los atajos se abren con una serie de acertijos que tenemos en un manual. Todo suele estar relacionado, ya sea moviendo unos cubos, insertando unas piezas en algún hueco que encaja, resolviendo un puzle de caja, lo que sea. Al final, por muy perdido que estés, siempre suele haber un pequeño resquicio del que tirar y que, seguramente, te abrirá nuevas vías de exploración.

La progresión con la que se va abriendo el juego es correlativa a su avance, y eso es muy positivo. Porque aunque estemos en un juego de puzles, siempre podrás avanzar por algún sitio, tirar de cualquier hilo para abrir nuevas zonas que desentrañarán nuevos secretos. Al principio todo es obtuso, oscuro, pero lo bueno de Lorelei and the Laser Eyes es que nunca te va a dejar totalmente perdido. Solo hay que saber dónde mirar.
El objetivo del juego es «descubrir la verdad», que es el eufemismo que Simogo utiliza para instarnos a destapar lo sucedido en el pasado. Básicamente, descubrir la verdad es pasarse el juego —aunque no hace falta descubrir toda la verdad, que se representa con un porcentaje en el menú del juego, para completarlo—. Hay que destapar qué pasó, y quién es Lorelei, y quién es Renzo Nero, el enigmático personaje que nos acompaña durante la aventura y sobre el que parece pivotar todo. No diría que es una historia que marca y que hace mella, pero sí tiene consonancia con la progresión del juego.
Digo esto porque, al igual que la resolución de los puzles, la narrativa siempre avanza de forma paulatina. Aparecen determinados personajes con líneas de diálogo que aluden a lo sucedido; existen cartas o páginas de diario que hablan de fenómenos pasados; y hasta el propio Renzo Nero nos habla de hechos fácticos, aunque el muy fanfarrón a veces sea escueto como él solo. Como las pruebas, la historia se va cocinando a fuego lento, y esa consonancia tanto diegética como jugable casa muy bien en Lorelei and the Laser Eyes, ya que siempre se siente como un avance, aunque sea mínimo.
Lo último de Simogo me ha gustado bastante. No soy un jugador extremadamente ducho en este tipo de obras, pero creo que, aquí, no hace falta serlo. Más bien es necesaria paciencia y pensamiento lateral; si tomas todo Lorelei and the Laser Eyes como un conjunto, como una única pieza de puzle donde hay pequeños puzles interconectados, entrarás en la dinámica de la obra. Es un gran videojuego de puzles al que puede costar acceder, pero que poco a poco se va abriendo y que permite al jugador sentir que progresa, que avanza, que sigue en el camino. Todo con el único objetivo de preguntarse qué ha pasado. Porque el pasado ni puede ni debe borrarse: debe estar siempre presente para no repetir los errores que acontecieron.
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Jugador de mucho, sabedor de nada. Me molan los juegos de acción en todas sus vertientes: FPS, TPS, rogue likes o metroidvanias: casi todo me va bien. Nunca me busques en un juego online ✖️

- Suele haber varias vías de investigación para no quedarse atascado
- El avance es progresivo y se siente real
- Difícil al principio


