Un excelente proyecto de conservación de consolas que acerca su historia a la gente
Gestionado por una fundación, el Museo do Videoxogo (MUVI) de Cangas de Morrazo fue el primero en todo el país. Pude visitarlo bien acompañada con amigos y en él pudimos sentirnos de nuevo como niños, así como conocer joyas apenas conocidas pero perfectamente conservadas gracias a su impecable labor. Su trabajo pionero fue un ejemplo para otros museos que se pueden encontrar en la Península, y en este artículo explicaré nuestra experiencia.
La visita
Fuimos un sábado, día en el que está abierto, y adquirimos entradas para no solo acceder a la colección principal (que tiene entrada gratuita), sino para tener la libertad de ver todas las salas, incluyendo la del arcade, que es mi favorita. Además, hay visitas guiadas cada hora que explican la historia del videojuego a través de los equipos que tienen en su colección.
Las salas del museo no son excesivamente grandes ni espaciosas, por lo que nos recomendaron esperar a la siguiente visita guiada, porque no íbamos a movernos bien. Así que dimos una vuelta libremente por las salas disponibles, aprovechando que aún no había nadie en ellas.
El MUVI posee una sala dedicada específicamente al videojuego en Galicia, donde se expone The Wall, el primer videojuego comercial publicado en Galicia (1986). En ella se proyecta la entrevista que realizaron a su creador, Álex González, y también se expone una copia de los documentos con los royalties y las unidades vendidas (más de 7000). El juego se puede disfrutar en ordenadores actuales gracias a que Álex lo rehízo empleando el motor Godot, algo que supe cuando lo conocí en el Píxel á Feira de Santiago.

Por otra parte, hay una sala que trata de reproducir lo que sería el dormitorio de un niño gamer a finales de los 80 y principios de los 90, pero como niña nacida en los 90, debo decir que me pareció una mala imitación de las habitaciones que aparecen en películas de Hollywood, ¡hasta tenía moqueta! En ella se puede jugar a una traducción de Sonic en gallego. Diría qué Sonic es, pero lo cierto es que tengo una deuda pendiente con su fandom, ya que apenas he tocado esa saga de videojuegos, así que prefiero no meter la pata y dejar en el aire qué título era en concreto.
En el sótano se exponen consolas con las que se puede jugar con total libertad, junto a televisores de sus respectivas épocas, para tener una aproximación más pura a sus títulos. También tenían los típicos expositores con pantalla que había en las tiendas de videojuegos y con los que se podían probar títulos de lanzamiento. Aunque también tienen equipos más actuales, como Steam Deck.
Tras apalear a un amigo en Super Smash Bros. de Nintendo 64, nos repartimos para jugar cada uno con lo que más nos llamaba la atención. Por supuesto, fui directa a las arcades de conducción. Aunque soy malísima jugando, lo cierto es que con el asiento, el volante y las marchas me siento completamente dentro de los juegos, y me satisface jugar de ese modo. El momento cumbre fue pasarme House of the Dead 2, que lo tenían en la última sala de juegos que quedaba en Pontevedra (donde el Vialia) y tenía la espinita clavada de pasarlo.

Reflexiones
El interés por los juegos de antaño no es ilusión ni nostalgia mal entendida. Se exponían juegos que nunca antes había jugado y con consolas que nunca tuve en casa, por ejemplo. Los juegos que se publicaban pasaban procesos de calidad suficientes para funcionar como juegos bien diseñados. Después de todo, las salas de juegos en Japón permitían poner los arcades a prueba antes de que nos llegasen, e introducir un nuevo juego implicaba grandes apuestas comerciales por parte de sus compañías (Sega, Namco, Konami…).
Las experiencias propuestas en estos juegos iban al grano: mecánicas claras que funcionan por sí solas sin añadir complejidad innecesaria, replicadas entre juegos y en generaciones posteriores. Por eso son tan jugables ahora como en su momento, y muchos envejecen bien gracias al empleo del pixel art.
Por otra parte, estos juegos gustaban porque eran parte de una experiencia con amigos, en un entorno pensado alrededor del videojuego. No me imagino teniendo en casa la máquina de Ms. Pac-Man (1982) que tenía el MUVI, ni creo que le dedicara tanta atención habiendo tantas distracciones en nuestro día a día que nos impiden disfrutar de experiencias tan sencillas. Es más, los salones arcade jugaban mucho con su propia atmósfera: tanta máquina, oscuridad y ruido. Además, los estímulos y la liberación de dopamina se conseguían con fórmulas diferentes; no había tanta psicología detrás como la hay ahora, que tiene a la gente con el cerebro frito entre tantas loot boxes y tonterías.

¿El MUVI es una experiencia recomendable?
Sí, y mucho. Aunque no creo que estar las cinco horas que permanece abierto sea lo más aprovechable. Creo que la experiencia se disfruta más si te deja con ganas de más: asistir a la visita guiada, ver las diferentes salas, jugar a los juegos que más te llamen la atención y volver a casa dos horas después. No es tampoco un local excesivamente grande, por lo que recomendaría ir en grupos pequeños o en pareja (muchos juegos tenían dos mandos disponibles).
La experiencia es amigable para ir con niños y los que estaban fueron muy respetuosos con las máquinas expuestas; querían que sus acompañantes jugasen también con ellos. El museo ofrece una oportunidad para disfrutar de los videojuegos de forma distendida y conocer el pasado de nuestra querida afición.
Además, la gente del museo nos trató estupendamente y se nota el cariño que tienen por el videojuego. Adquirimos camisetas, mochilas y chapas de recuerdo bastante chulas, y con estas compras colaboramos con su labor. ¡Ahora estamos todos buscando nuestras antiguas consolas para jugarlas o valorando si donárselas a Orgullogamers!

Ingeniera de minas que no trabaja de lo suyo (da igual cuando leas esto). Está fascinada por la Xbox Series S y el Game Pass.

