Fringe y las series de antes

Hasta la viralización de Netflix, las series de antes se extendían en duración y episodios. ¿Merecía la pena este modelo o era una pérdida de tiempo?

Fringe, o Al Límite (así se nombró en España), fue una serie de ciencia ficción especulativa creada por J.J. Abrams, Roberto Orci y Alex Kurtzman. En ella, una división especial del FBI, la división Fringe, debe investigar y resolver casos de extraña naturaleza que, por algún motivo, están sucediéndose con mayor frecuencia.

Esta división está liderada por Olivia Dunham (Anna Torv), bajo las órdenes directas de Phillip Broyles (Lance Reddick). Y cuenta con uno de esos científicos locos que a todos nos gustan: Walter Bishop (John Noble). Además, de igual modo cuenta con una ayudante aparentemente perfecta, Astrid Farnsworth (Jasika Nicole), y un hijo superdotado y problemático que lleva toda su vida sobreviviendo al margen de la ley, Peter Bishop (Joshua Jackson).

Aparentemente, y en la vida real, todos los temas científicos sobre los que se vale la serie se sustentan en pseudociencias, en sucesos paranormales con un origen científico. Y, a raíz de ahí, los guionistas se dejan llevar para traernos casos tan dispares como una sombra que convierte en polvo a todo aquél que atraviese, un malvado científico (casualmente ruso que se escapa de la prisión para abrir un portal a un universo paralelo) o, incluso, una vampiresa que se alimenta del fluido cefalorraquídeo para sobrevivir.

Todos estos fenómenos tienen relación entre sí de alguna manera, y son clasificados bajo el Patrón, que no es más que un paraguas que intenta correlacionar esta serie de hechos inexplicables que se suceden alrededor del mundo y que, como bien dice, siguen un patrón aparentemente inconexo.

Fringe y las series de antes

Una familia extraña

En la primera temporada, la serie se centra, casi al completo, en estos casos. De hecho, la serie se vale de ellos para que el espectador conozca y se encariñe de los personajes y para poder centrarse, en las siguientes temporadas, en las dificultades y problemas interpersonales que les suceden. Prueba de ello es que, a partir de la segunda, sobre todo los dos últimos episodios, la serie comienza a dar un giro muy radical en su contenido.

Si desgranamos un poco a cada personaje, veremos que los más planos son Astrid, pues su papel se centra en ser la ayudante y secretaria de laboratorio de Walter, y Peter que, como ya he comentado, cumple el estereotipo del malote inteligente. Sin embargo, Olivia y Walter se desarrollan de forma más natural y más extendida a lo largo de estas dos primeras temporadas. A ella nos la presentan como una agente del FBI que tiene una relación con un compañero que resulta gravemente herido. Así que la trama se pone en marcha a causa de su necesidad de intentar lo imposible para salvarle la vida. Valiéndose de la empatía, ya digo, consiguen que nos sintamos cómplices de su drama. Todas las personas, sin excepción, harían lo inimaginable por salvar a un ser querido.

A partir de ahí, el shock causado por los acontecimientos, tanto pasados como venideros, acabarán convirtiendo a Olivia en un personaje que, pese a sus altibajos, se mantendrá fuerte y seguirá hacia delante. Al final, la agente Dunham tiene momentos en los que sufre, en los que puede palpar la esperanza con las yemas de sus dedos; pero que acaba perdiendo porque no todo en esta vida puede mantenerse bajo control. Ella intenta ser recta y proteger a su familia. Tanto a su hermana como a la que se ha ido creando junto a Walter, Peter y Astrid, y convertirse en una figura de apoyo y protección. Pero lo mejor de todo en su arco de desarrollo es que acaba dándose cuenta de que el significado de una familia va mucho más allá.

En una familia todos cumplen un papel y cuando uno no puede más, el resto está ahí para que aquello que se derrumbe acabe recuperándose.

Walter, por otro lado, es una persona que ha pasado diecisiete años ingresado en un psiquiátrico y que, de un día para otro, consigue salir de allí. Esos años en días equivalen a 6.205; en horas, 148.920. Más pronto que tarde nos daremos cuenta de que se dice rápido, pero es tiempo más que suficiente para hacer perder la cordura a cualquier persona. Más aun teniendo en cuenta la personalidad de Walter cuando entró allí: prepotente, sabelotodo y enormemente orgulloso.

Ahora, fuera del Sinclair, Walter es alguien perseguido por su pasado. Está atrapado en las atrocidades que cometió, en su juventud, cuando creía poder comerse el mundo junto a su compañero, William Bell (Leonard Nimoy), sin miedo a las consecuencias y que justo estas son las que podemos ver durante toda la serie.

Walter sale del psiquiátrico en una edad ya avanzada y tras todos esos años, se nos muestra desequilibrado; tiene pérdidas de memoria, ataques de ira, desorientación, y una serie de síntomas propios de cierta razón que más adelante se nos revela. Pero aun con ello, también se nos muestra humano, arrepentido, dolido y desgraciado. Una sombra de un pasado con demasiada oscuridad, pero que, como Olivia, lentamente comienza a palpar la esperanza de volver a tener una vida normal. Bueno, lo que él considera normal que, al parecer, es realizar autopsias diarias a cadáveres fallecidos en extrañas circunstancias.

En la unidad, todos tienen compasión y paciencia para tratar con Walter hasta que llega un punto en el que acaban apreciándole y terminan por aceptar las atrocidades que cometió en su momento. Esto no quiere decir que no tengan consecuencias para ellos, pero comprenden que ya no es la misma persona y que, les guste o no, gracias a él, son capaces de resolver esos casos y comprender los misterios.

En relación a Walter, uno de los pocos rasgos de personalidad que Astrid muestra es, precisamente, empatía, cariño y comprensión hacia él. En muchas ocasiones su relación se muestra casi como la de un abuelo con su nieta llegando, incluso, a traspasar la pantalla y hacerte sonreír. Sin duda, gracias al enorme trabajo y talento de Jasika Nicole y John Noble. Recuerdo una cita, pero no sé de quién es su autoría, que explica muy bien las maravillosas y extrañas sensaciones que me provoca Fringe y que, salvando las distancias, comparte con Doctor Who al mostrar la ciencia de otra forma, haciéndola protagonista y dejándose llevar hasta límites dispares. La susodicha cita rezaba así: «Cuando lo imposible se vuelve posible, lo irreal deja importar. La ciencia siempre tiene una explicación aunque esté oculta».

A fuego lento

Una serie como Fringe necesita cocerse a fuego lento. Digamos que necesita desarrollarse despacio, poco a poco y con paciencia, debido a su naturaleza. Este tipo de series, como también lo es cualquier variante de CSI o lo que fue Bones, presentan una serie de personajes a los que meter en situaciones complicadas, en cada episodio, pero que puedan resolverse en los cuarenta o cincuenta minutos que suelen durar.

Esto es así por varios motivos. Y uno de estos motivos lo hallamos en el tipo de tramas que manejan estas series. Para empezar, tenemos una trama episódica que empieza con el título y termina con los créditos. Después, otra que se desarrolla desde los primeros episodios hasta los finales de la misma temporada normalmente acompañada por algún cliffhanger que impacte al espectador y que dé una vuelta de giro a todo lo acontecido ya. Y para terminar, por si fuese poco, en algún momento de la serie todo cambia y toma otro sentido para dejar paso a una trama que ha ido hilándose lentamente en los primeros episodios, o las primeras temporadas, hasta un punto en el que nada puede volver a ser igual. A veces esta trama la desconocen hasta los propios guionistas y viene dada por un episodio en el que se hizo algo concreto que no parecía importante.

Y eso es justamente lo que sucede con Fringe en su segunda temporada, durante toda ella te preparan para el cambio radical que llega con los dos episodios finales y que deja de lado a los casos episódicos para ampliar su visión de los acontecimientos.

Fringe y las series de antes

Como es obvio, esta última suele ser la más complicada de hilar al depender de un sinnúmero de variables, generalmente impredecibles, que los guionistas van improvisando y explicando con el tiempo en futuros episodios. Habrá algunos en los que esa trama esté en el aire y conecte hechos puntuales o importantes y otros en los que ni siquiera se mencione por encima. En cualquier caso, habrá un momento en el que todo se resuelva de forma brusca y tajante avecinando que será, con casi toda probabilidad, la última temporada. Al final, contamos con una trama episódica, una trama por temporada y una trama global que muchas veces resulta imposible, o impráctico, cerrar cada una de ellas sin dejar agujeros narrativos a la vista porque han ido abriéndose tantas incógnitas que necesitarías otra temporada más solo para responder a esas preguntas.

Al menos esto era así antes. Por ejemplo, Fringe tiene veintidós episodios por temporada, a excepción de la quinta, de poco más de cuarenta minutos; aunque la primera temporada se acerca a los cincuenta minutos y el piloto sobrepasa la hora. De media, cada temporada te exige unas quince horas de visionado y si lo comparamos con Archivo 81, de Netflix, que cuenta con ocho episodios de alrededor de una hora, se reduce a menos de la mitad el tiempo necesario para verla. Es una diferencia importante de tiempo. Pero esta comparación es algo injusta. Al fin y al cabo, Fringe es una serie policiaca de misterio y ciencia ficción y Archivo 81, por el contrario, es de terror y misterio; ambas requieren fórmulas distintas. Así que, por si esto no os convence, hagamos otra comparación. Alguien Está Mintiendo es otra serie con el sello de Netflix y cuenta con ocho episodios por temporada de entre cuarenta y cinco y cincuenta minutos cada uno. Esto son, si sacamos la media, poco menos de seis horas de visionado.

La cosa es que las series de antes podían contar con tramas menos potentes porque no importaba. Su contenido iba a diluirse en un montón de episodios de larga duración así que debían de priorizar otras cosas como las relaciones entre personajes, los momentos clave en los que la información importante se da a cuenta gotas, los misterios que se presentaban o las situaciones de dificultad por las que pasaban los personajes. Pero, hoy por hoy, todo eso ha cambiado.

Digamos que ahora las tramas deben ser impactantes, más potentes (no necesariamente mejor). Básicamente porque deben hilar todo un camino para que la temporada en cuestión no cojee. Todo lo anterior sigue siendo parte importante del desarrollo de una serie, pero se ha vuelto más funcional, más práctico; aunque tampoco por ello menos orgánico. Siempre se ha dicho que todo aquello que aparece en pantalla debe ser relevante para el espectador… Y es cierto; pero antes se daban ciertas libertades que ahora deben cortarse de raíz. ¿Os imagináis una serie bajo el sello de Netflix, de Amazon, o de HBO Max con veintidós episodios de cincuenta minutos cada uno? En contadas excepciones podría ser algo viable. Porque no pondría la mano en el fuego por ningún ejemplo.

La tormenta que se avecinó

Tal vez Fringe no podría haber visto la luz hoy en día. Pero hay algo en ella que la hace especial y que facilita su producción enormemente. Para que sus episodios funcionen utilizan, como ya he comentado, premisas científicas que otorgan una libertad de acción que en otros géneros es muy complicada de conseguir; pero conllevan un riesgo enorme si se sobrepasa la barrera de lo irreal y se convierte en lo absurdo.

La especulación es peligrosa.

Una serie de ciencia ficción especulativa debe crear un entorno de confort en el que la suspensión de la incredulidad permita que sus conocimientos científicos, normalmente haciendo alusión a una educación general y poco específica, tengan cierto sentido y rellenen los huecos que la propia serie deja libres. Y por eso parte de su encanto y carisma es utilizar la ciencia de formas extravagantes para explicar los sucesos del todo irreales e imposibles, pero que aun así sorprenden a los personajes y espectadores.

Como diría mi abuela, «una obra de estas características necesita una cocción a fuego lento, una cocción mimada con mucho cariño para que acabe teniendo el mejor resultado». Y esto es un enorme problema porque ¿quién te garantiza que la serie sea renovada por una o dos temporadas más? Y si por suerte lo hacen ¿alguien puede asegurarte de que no se va a cancelar a mitad de la grabación si el interés del público baja o el género de moda cambia? Tal vez consigas solventar todo ello, pero entonces a alguien se le ocurre cambiar la franja horaria de emisión. De ser así…¿Entonces qué? De hecho, es algo que le ocurrió a Fringe, en su día. Pero vayamos un poco más allá. ¿Qué ocurriría si moviesen la serie a otro canal del mismo grupo? Tal vez un canal menor, con menos audiencia y alcance. En ese momento, la serie estaría sentenciada a muerte.

Así que… Aunque tengas grandes nombres detrás de la producción como es el caso, acabas trabajando a ciegas en un producto que tal vez acabe inconcluso, maltratado e ignorado.

Fringe y las series de antes

Renovarse o… no

A día de publicación de este artículo, la producción de películas y series en cine y televisión a cambiado radicalmente. Es un hecho innegable. Hoy en día tenemos todo tipo de obras a la carta, sin esperas y a través de una suscripción mensual que, algunas veces, acaba siendo la opción más rentable en dinero y tiempo. Si en lugar de desplazarte al cine para cada estreno o tragarte varios minutos de anuncios en televisión, me permites tenerlo a la carta en mi salón. ¿Qué esperamos qué ocurra? ¿Cuál es la evolución lógica de esto?

Soy un amante del cine (con mayúsculas). No solo me gusta ir al cine a ver los tráileres de los próximos estrenos (aunque ahora no sean más que anuncios televisivos, por desgracia), también me interesa saber el porqué de cada plano, secuencia, escena, frase, fotografía y un largo etcétera. Es algo que llevo en la sangre y me apasiona; pero el mercado evoluciona y hay que adaptarse. ¿Esto es una justificación a la asfixia que sufren los cines por parte de productoras como Disney? En absoluto. Eso es una vergüenza que, si me preguntas, debería de ser perseguida de forma legal; pero como consumidor no me queda otra que adaptarme. Voy al cine cuando mi bolsillo me lo permite y la película me atrae. Y generalmente la primera condición es la que acaba ganando siempre; sobre todo si vives en una ciudad donde una entrada se acerca a los 10€. Así que mi salón me permite invertir ese dinero a largo plazo, durante todo un mes y en varios servicios distintos si lo comparto con familia o amigos.

Volviendo al hoy. El público hoy en día se ha vuelto más exigente, lo quiere todo ya. Con un «clic» tengo la película que quiero ver, pero además debe de condensarse todo lo posible para no perder el tiempo y pasar a otra cosa. Todo más rápido e inmediato, que no mejor, en un chasquido. De todas formas… No todo es negativo. Porque esto permite que no se tengan que rellenar episodios con escenas y tramas innecesarias; pero también acaban alimentando esa necesidad de urgencia que es casi imposible de satisfacer y menos cuando el grueso de la industria ha optado por este modelo de producción.

Queremos toda la temporada de golpe para poder echar todo el domingo en ella y consumirla como si fuese nuestra droga y, aunque no creo que tenga nada de malo, estas cosas conllevan a problemas como «¿y después qué?» La obra se olvida, a no ser que acabe tocando de forma emocional al espectador y esto es increíblemente difícil de conseguir, y apenas se recuerda hasta que la siguiente temporada aparece y una campaña gigantesca de marketing nos recuerda que teníamos muchísimas ganas de seguir con ella.

¿Pero y si el interés por esta nueva temporada no es tan alto como lo era cuando la anterior se estrenó? O si la campaña publicitaria es casi inexistente como es el caso de Muñeca Rusa, también bajo el sello de Netflix, que tras un cariño enorme por el público y unos números más que decentes, la segunda temporada ha sido estrenada y apenas nos hemos enterado. Y este no es el primer caso en el que se quiere sepultar una serie, pero que, por contrato o porque los episodios ya estaban terminados, acaba siendo más barato estrenarla como si nada. Netflix es una productora experta en ello.

Ahora, estrenar una serie poco a poco, semana a semana, es algo que provoca que la gente esté expectante y a veces hasta se desespere. Pero ¿es mejor esto que hacerlo de golpe? Netflix quiere que te atiborres a consumir su contenido. Sus series pierden interés a partir de la tercera temporada (por eso suelen cancelarse antes, además de temas de contratos, pagos, etc.) y lo que busca es un modelo de consumo rápido e instantáneo. Es decir: series más cortas, con contenido más concentrado y que puedan satisfacerte en el momento, pero que sean olvidables para no generar rechazo si se cancelan.

En cambio, el modelo por el cual apuestan HBO y Amazon es distinto. Quieren que esperes, que estés expectante, que hables y crees contenido en redes que publicite de forma pasiva sus obras. Netflix busca la gula en el espectador, satisfacer una necesidad que fomenta, aliviar parte del hambre que la misma plataforma genera con sus estrategias de producción. Antes, su modelo se basaba en crear muchas series y películas y experimentar para ver qué formulas funcionaban y cuales no. Apostar por producciones nacionales, como con Feria, pero ahora, asentada en la industria, eso no es rentable y tras el batacazo en suscripciones que se ha llevado todo va a cambiar, siempre a peor, al menos para el consumidor.

Diez años después

Fringe no ha envejecido tan mal como un esperaría teniendo en cuenta que estuvo en emisión desde el año 2008 hasta el 2013 y contó con una audiencia que cayó en picado desde su primera hasta su quinta y última temporada.

En la actualidad se tiene un mayor conocimiento y mejor comprensión de los temas científicos y pseudocientíficos que la serie trata en cada uno de sus episodios. Además, el auge de las redes sociales como YouTube o Twitch ha conseguido que los divulgadores científicos lleguen a muchísimo público que se interesa por la ciencia. Y si eres un aficionado (y probablemente lo seas) en la actualidad, tienes que hacer un buen ejercicio de incredulidad para poder ver Fringe y no caer en que, sencillamente, por mucha serie que sea no hay verosimilitud en nada de lo que sucede.

Fringe - Protagonistas

Esto no quita que el día de mañana podamos tener un reboot o remake de Fringe, aunque sea altamente improbable. Pero esas cuestiones científicas tomarían diferentes desarrollos y sus premisas cambiarían adaptándose a los conocimientos y estándares de hoy. De todas formas, la serie, desde un principio se ha enfocado en dirigirse al mayor grueso de personas siendo lo menos específicos posibles en las vicisitudes que tratan.

En temas sociales tampoco ha envejecido de mala manera. Hay ciertos momentos que desearías eliminar con un «rayo de la eliminación absoluto» como, por ejemplo, cuando Peter explica a una adolescente, a la que claramente él le atrae, que Olivia es, y cito textualmente, «como un amigo, pero en chica. Y con pistola». Pero es cierto que Olivia y Nina Sharp (Blari Brown), que ostenta el cargo de directora ejecutiva de una gran empresa tecnológica, poseen cargos de poder y son personajes independientes que demuestran una y otra vez que no necesitan estar al amparo de caballeros de blanca armadura ni compañeros condescendientes o paternalistas que las salven en momentos de debilidad o peligro.

Olivia, en especial, es un personajes completo (que no complejo de entender) que afronta complicadas situaciones, que muestra sus debilidades y fortalezas al espectador sin nada de lo que avergonzarse. Y para la época en la que empezó a emitirse resulta un punto a favor. Un ejemplo contrario de esto sería cuando, en un momento dado, Olivia acaba sincerándose a Peter y, por primera vez en décadas, ella se permite sentir miedo.

Gracias a que la sociedad avanza y las producciones con ella, aunque más lentamente, el tópico del beso ante la debilidad ya no se da, pero en la serie está a nada de ocurrir en ese mismo instante en el que Peter decide que es buena idea, ante el momento de sinceridad y debilidad que Olivia decide confiarle, aprovecharse y besarla. Así que, al final, Fringe, tanto en lo científico como en lo social, acaba dándote una de cal y otra de arena.

Además, también peca muchas veces de valerse de la casualidad inmediata. Por ejemplo, en uno de los episodios Walter se implanta un microchip a raíz de una experiencia en la que acaba perdido en Chinatown. Todavía no se ha recuperado de sus años ingresado en el psiquiátrico y a veces se encuentra desorientado, así que de esta forma Peter podrá localizarle en cualquier momento. Por cosas del destino, o, tal vez, de un ritmo de producción semanal, ese momento es justo el episodio siguiente dando una sensación de poca preparación.

En este caso habría sido un buen recurso varios episodios por delante. Otro ejemplo más exagerado sería la relación entre Walter y Peter que va construyéndose poco a poco, pero que cuando padre e hijo se encuentran en su mejor momento, te lo muestran de una forma muy brusca haciendo que Peter sea extrañamente cercano a su padre en lugar de hacer este cambio en su relación de forma gradual. Todo para enfatizar un secreto que Olivia se ve obligada a guardar para no hacer que Peter se marche y deje a Walter, y la división Fringe, para siempre.

Esto no es un problema per sé, pero resulta que esta es una serie que se vale de la ciencia para explicar fenómenos seudocientíficos con bastante ingenio la gran mayoría de las veces, así que cabría esperar un mejor trabajo en el guion y preparación al espectador.

Fringe - Personaje

El último chute

A veces, en un aire de elitismo insano, me reconforta pensar que disfruto de las obras que veo, leo, oigo y juego. Que las series y películas, las novelas, cómics y mangas, la música y los videojuegos no son un simple mecanismo de escape para una realidad que para muchos nos es extraña, decepcionante y aterradora. Y a veces me doy cuenta de que es todo una mentira y, como tantos otros, lo que hago es consumir como un adicto todo lo que me llama la atención en busca de un estímulo capaz de hacerme sentir algo, de transportarme a otro lugar lleno de magia, horror o comedia. Algunos días consigo quitarme la mugre elitista de encima e intento encontrar el cúmulo de factores que me han obligado a tener dos pantallas para poder hacer dos cosas a la vez sin sentir que pierdo el tiempo. ¿Alguna vez os habéis preguntado como sois capaces de ser más productivos con una película de fondo que acompañados del silencio? Yo sí, varias veces, y las respuestas que se me vienen a la cabeza siempre es la misma: el silencio viene acompañado de tu propia voz, pero si tu mente está ocupada… ¿Cómo vas a escucharte?

Después de esta pequeña y triste reflexión, os pido que, si os apetece, veáis Fringe (disponible en HBO Max). Estoy convencido de que os gustará y que os ayudará (si os ocurre como a mí). Es genial para desconectar la mente y disfrutar un rato sin pensar en nada. Para despedir, he aquí una de las frases de Walter que más me gustan: «Cuando uno abre su mente a lo imposible, a veces encuentra la verdad».

Por José de la Sierra

Redactor orgulloso y niño viejo. Apasionado de los videojuegos, el cine y One Piece. Escribo en mis ratos libres, hago mapitas de fantasía y reseño libricos en la biblioteca olvidada. Cualquier jueguico con algo de crafting y un poco de supervivencia me absorbe el alma cual dementor. Fiel defensor del doblaje al castellano de Control; sí, soy.

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