Relatos Solidarios. «Los niños del Ala Este», excelente relato enviado por Carlos Falcón para vuestra sección de cada miércoles.  

«Los Niños del Ala Este»
De nuevo nos encontramos aquí un miércoles para dar paso a un nuevo relato con los videojuegos como referencia inspiradora. Y de nuevo está con nosotros el compañero @carlosfalcon77. Como de costumbre, aprovecho para animaros a participar en esta sección. Para hacerlo sólo os tenéis que dirigir al siguiente enlace >>Relatos Solidarios<< donde podréis encontrar unas ligeras pautas y el correo donde enviar vuestras creaciones. Dentro de poco abriremos «convocatoria» para buscar a los artistas del pincel más solidarios que nos leen. A los relatos se les debe acompañar ilustraciones…y ahí, entráis vosotros. Ya os iremos contando. Y ahora, os dejo con este sobrecogedor y excelente relato. 

Crónicas de San Hilario.
Capítulo 2: Los Niños del Ala Este

Nota, puedes leer el capítulo 1 de este relato desde aquí:
>>Crónicas de San Hilario. Capítulo 1. WOLF<<


 -Jo papá, estar aquí es
superaburrido. ¿Cuándo vas a terminar para que volvamos a casa?
           
            Cameron, Cam para los amigos, aún no
había descubierto lo que era la paciencia. Con 8 años y en pleno verano de 1994,
tener que esperar a que su padre terminara de revisar los ascensores de aquel
hospital le parecía el peor plan del mundo.
            -Ya te lo he dicho Cam. Terminar
estas revisiones es algo muy importante, y no puedo tenerte conmigo mientras
trabajo, es muy peligroso. El hospital no es lugar para que estés paseando,
pero hay una sala infantil en la que puedes esperarme mientras termino ¿Ok?
            La verdad es que la sala no estaba
mal. Las paredes llenas de posters infantiles, una pequeña estantería repleta
de libros, y lo que enseguida atrajo la atención de Cam: una Súper-Nintendo
nuevecita. Los reyes no le habían traído la suya (aún), así que podría pasar
allí el rato mientras su padre revisaba los dichosos ascensores.
            -A ver hijo, estamos aquí para hacer
un trabajo, así que no abandones esta sala ni molestes a quien se acerque por
aquí ¿de acuerdo?
            A Cam las palabras de su padre le
sonaban lejanas, ya había empezado a jugar a un famoso juego y le dijo que sí
con la cabeza, sin apartar los ojos de la pantalla. Ya iba a comenzar la
carrera. Su padre le miró, sonrió y atravesó la puerta en dirección al ala Oeste.
            -¿Me dejas jugar contigo?
            Apenas habían pasado unos minutos
desde que su padre se había ido, y un niño aún más pequeño que él ya se había
sentado a su lado. Estaba en pijama y tenía un corte de pelo extraño, pero eso
a Cam le daba igual, tenía alguien con quien “picarse”.
            -Que sepas que soy el mejor -Dijo
Cam orgulloso. -Nadie puede con Cam Connor.
           
            -Vaya nombre más raro -dijo el niño
del pijama.
           
            -Es de Cameron, mi madre era
americana y… ¡eh!
            El niño había aprovechado la
explicación de Cam para comenzar la carrera sin que él estuviera preparado.
Esto le cabreó enormemente.
           
            -¿Tramposo eh? Verás lo que hago yo
con los tramposos.
            La verdad es que a Cam se le daba de
maravilla, manejaba su kart mejor de lo que lo haría la misma máquina. Al
terminar la carrera, su corredor, el más grande y pesado había aplastado
literalmente a todos sus rivales. Miró con satisfacción a su rival y le dijo:
-Eso para que aprendas.
            El niño del pijama se marchó desolado,
algo que no importó lo más mínimo a Cam, que se disponía a comenzar otra
partida.
            -No puedes hacer eso hijo. -La voz
de su padre tras él le hizo sobresaltarse. Ni le había visto llegar. -Cam, los
niños que vienen a jugar a esta sala tienen graves problemas. No son como tú y
como yo. No sé cómo explicártelo, imagino que un día lo entenderás, lo que sí
te pido hijo, es que les dejes ganar.
           
            -¿QUÉ? ¿Pero por qué?, si soy mejor
que cualquiera. -repuso indignado
            -Cam, debes hacerlo. TIENES que
hacerlo. A estos niños les queda, ehmm, poco tiempo para seguir en el hospital,
y que tú les dejes ganar puede hacer que se vayan más felices. ¿Me harías ese
gran favor hijo?
            La cara de pena que puso su padre,
dejó a Cam tan fuera de sitio que no pudo más que refunfuñar que sí, que vale.
Aunque le parecía una mierda tener que dejarse ganar por unos niños que no
tenían ni idea de jugar y que, encima, se iban a largar de allí dentro de poco.
Mientras que él tenía que volver allí día tras día hasta que su padre terminase
la estúpida revisión.
            Los días siguientes transcurrieron
de forma similar. Cam se quedaba en la sala, su padre se iba a revisar los
ascensores y uno tras otro, los niños de ése ala del hospital, todos con el
mismo pelado, pasaban por allí para jugar con él. Y él, a regañadientes, les
dejaba ganar, como había prometido.        
           
            Y era cierto, había niños que poco a
poco habían dejado de venir a jugar. Aunque esto a Cam le daba igual. Lo único
que quería, era que su padre terminara el trabajo para poder tener unas
vacaciones como Dios manda.
            -Hola, ¿me dejas jugar? -Era un niño
nuevo.
            -Claro, claro -Dijo él sin apenas
mirarle a la cara. -Siéntate, me llamo Cam, es de…
            -Cameron, es americano. Ya lo sé, me
lo han contado los otros niños. También me han dicho que eres un paquete
jugando a esto.
            Se acabó. A la mierda la promesa a
su padre, esta carrera la iba a ganar por sus, bueno, por la frase esa que
dicen los adultos.
            El niño eligió a la princesa. -Prffff,
¿será mariquita? -pensó Cam. Pero esta idea se le borró rápido de la mente al
empezar la carrera. El niño nuevo jugaba de forma impresionante, mejor que él
incluso. Cam por fin tenía un reto, y no iba a desaprovecharlo. Usó todos sus
trucos, toda su habilidad, y ganó, sufriendo, en la última recta, gracias al
tamaño de su personaje.
            -¡JA, te lo dije! ¿Quién es el
paquete ahora? -gritó Cam triunfante.
            Se giró, esperando ver la cara de
derrota de aquel engreído, pero ya no estaba sentado a su lado. Estaba tirado
en el suelo, agitando el cuerpo y babeando. De repente, empezaron a sonar
sirenas y a llegar médicos.
            -Yo no, yo no quería. Lo siento, yo
no… -La voz  balbuceante de Cam no se oía
entre la tormenta que se había desatado en la sala. Nadie le escuchaba, nadie
le miraba. Una vida estaba en juego, y no era la suya. La primera lágrima le
caía por la mejilla cuando sintió en el hombro la mano de su padre.
           
            -Vamos hijo. Dejemos que hagan su
trabajo.
            Los médicos se llevaban en camilla
al niño, con máscara, tubos y todas esas cosas raras que usan ellos. Cam oyó
que decían:
            -Paciente, Ángela Kent, habitación 238,
prepárenla para…
            Empezaron a decir muchas palabras
médicas raras, pero lo del principio lo entendió muy claro. Tan claro que se
quedó helado.
           
            Ángela.
           
            Una niña.
            Le había ganado sufriendo a una
niña. Y ahora ella era la que estaba sufriendo para sobrevivir, quizá por culpa
suya. ¿Por qué no le habría hecho caso a su padre?
           
            Horas después y tras los ruegos de
Cam, su padre le acompañó hasta la habitación de Ángela. Pudo verla través del
cristal. Estaba toda llena de cables y tubos, pero giró la cabeza hacia Cam, y le
sonrió. Él la saludó con la mano y ella le devolvió el saludo débilmente.
Entonces le dijo algo a su madre, pelirroja y muy guapa, que estaba sentada
junto a ella, la cual se levantó, se dirigió hacia el cristal, y cerró las
cortinas con cara de enfado.
            -¿Es culpa mía, verdad papá? -sollozó
Cam.
            Su padre no supo qué decirle, tan sólo
le puso la mano sobre el hombro y abandonaron juntos la sala.
            Tras varios días de jugar solo, pues
los otros niños habían dejado de venir, Ángela entró por la puerta. Fue el
momento más feliz para Cam de las últimas semanas.
           
            -Mi madre me ha dejado volver por
aquí, siempre que no vuelva a decirle que estoy jugando contigo. -dijo tímida.
            Cam ni la escuchó. Estaba tan
contento de verla allí de nuevo, que hasta se olvidó de que el verano terminaba
y de que su padre había tratado de explicarle que ella también se iría pronto,
como los demás niños.
            Y jugaron, y hablaron, y rieron. De
su corta vida, de lo bueno y de lo malo. Un día tras otro. Y volvieron a jugar,
ella siempre con la princesa, él siempre con el gigantón de las espinas. Y no
se dejaba ganar, porque ella se daba cuenta y se cabreaba. Si le ganaba, tenía
que hacerlo sudando la gota gorda. Y eso a Ángela le divertía tanto que reía y
reía… Y a él le encantaba verla sonreír. Le daba igual que no tuviera pelo,
era la niña más guapa del mundo. Ya le daban igual las vacaciones, le daba
igual todo, quería seguir allí con ella para siempre.
            Imaginó a alguno de sus amigos del
colegio diciéndole que era un tonto y que se había enamorado. Vaya chorrada,
eso es cuando a un niño le gusta una niña y quieren ser novios o algo así. Pero
ella no era sólo una niña.
Era
Ángela.
            Tras la mejor semana de su vida, Cam
llegaba dispuesto a batir todos los records de Ángela en el juego. Había
pensado cómo coger las curvas, como usar el caparaz…un momento, la consola. ¡No,
no estaba! ¿Quién se había atrevido a quitarla de allí? ¿No sabían lo
importante que era?
            Sin pensarlo siquiera, atravesó la
puerta del salón de juegos y se dirigió hacia la habitación 238. Sin pedir
permiso, sin hablar con nadie, sin mirar a nadie. Los adultos nunca entenderían
lo que sentía, qué sabrían ellos. Estaba tan enfadado que al llegar a la
habitación pensó que se había equivocado. Pero no. La puerta estaba abierta, y
la habitación estaba vacía.
            Se quedó allí de pie, sin saber qué
decir, sin saber qué hacer. Era sólo un niño pequeño en medio de un hospital
gigante. Y estaba sólo. Más que nunca. Apenas se calmó cuando sintió de nuevo la
mano de su padre en el hombro.
            -No está papá. No está. -dijo
mientras intentaba inútilmente que las lágrimas no recorrieran su cara.
            -Lo sé Cam, lo sé. -dijo su padre,
que tampoco tuvo éxito en su intento de evitarlo. -Al menos puedo decirte que
ella se ha ido de aquí realmente feliz, más de lo que había sido nunca. Y eso ha
sido gracias a ti hijo. Ah, y que el trabajo ha terminado, ya no tenemos que
seguir viniendo. Si quieres, podemos volver a casa con tu hermano.
            -¿Podré volver a verla algún día? -preguntó
Cam esperanzado.
            -Bueno, quizá más adelante hijo. Ojalá no demasiado pronto. -Esto último,
tan sólo lo pensó. Cam no lo entendería.
            Y juntos, atravesaron el pasillo del
ala Este, por última vez.
EPÍLOGO
            Octubre de 1994, Ala Oeste del
Hospital San Hilario, presentación de las instalaciones al nuevo personal.
            -Y esta, es el ala de quemados del
hospital. Es la más moderna y con mejores instalaciones gracias a un donante
anónimo que hace años facilitó su construcción. Al fondo del pasillo tenemos la
sala de juegos que pertenece al ala Este, el área infantil de oncología.
Recientemente se está reduciendo el equipo de tratamiento y mandándolo a otros
hospitales, ya que los casos han pasado de decenas a cero en apenas semanas.
            -Perdone Doctor, ¿nos puede repetir
eso de nuevo? -preguntó un asombrado enfermero.
            -Chico, ni me preguntes. Si por mí
fuera, diría que es un milagro. Teníamos más de veinte casos, y durante el
verano, los niños empezaron a sanar como si hubieran tenido una simple gripe.
Hasta la última niña, que era un caso que dábamos ya por perdido. También nos tocaba
ya tener algo de suerte; entre el incendio que tuvimos en el sótano y aquel
trágico accidente que hubo en Enero de un técnico de ascensores y su hijo,
pensaba que éramos víctimas de alguna maldición.
           
            El grupo pasó frente a la sala de
juegos.
            Sobre una mesa, desconectada y rota,
una Súper-Nintendo… y un único mando.

            

Por Mario Landflyer

Doctor en Filosofía. Campeón del mundo de futbolín. Mira la magia de mi melena. Practico el deporte y la cultura. Rey Emérito de Orgullogamers.

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Lídia Castro Navàs

Me ha encantado. Lo que más el epílogo. ¡Enhorabuena al autor!

Antuan

Muy buen relato. Enhorabuena!!

Pepalex

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