Empezando la década de 1980, existían los “Arcade”, un tipo
de arcaico Recorcholis o Dave & Busters, que eran establecimientos
específicos para jugar videojuegos. En ese tiempo maquinas con un sistema
parecido al de las rocolas, insertabas una moneda para jugar, si perdías la
partida introducías otra y así sucesivamente.
Este tipo de locaciones especializadas son consideradas como
las bases de cualquier ideología gamer que se tiene hoy en día. Pero la visión
social en esa época según Alonzo Zamora, redactor de la página web Level Up,
era que “Los juegos eran el símbolo de la decadencia urbana, el vicio y la
vagancia. Políticos conservadores y padres indignados en Estados Unidos creaban
una legislación para regular los arcades».
En EUA se da la referencia a la prohibición de estos lugares
gracias a que existe una ley en Marshfield, Massachusetts la cual decreta por
mantener la prohibición de locales de máquinas de juegos Arcade.
 
También existen más referencias históricas sociales sobre lo
mal visto que estaban los videojuegos, como en la segunda película de RoboCop de 1990. Peter Weller con su armadura de RoboCop entra en un Arcade en la busca
de un policía corrupto, al entrar se encuentra con muchos adolescentes que al
segundo de poner un pie dentro, le abuchean y lanzan distintos tipos de
objetos. Por lo que en aquella época, y en ocasiones actuales también, los
videojuegos se  relacionaban con rebeldía
y desconexión social.
Dicho lo cual, en el momento que se vive con una dosis
regular de reglas dictadas por la sociedad, en ocasiones de estrés o máxima
introspección lo único que se busca es la liberación de las mismas.
Nos encontramos en una época de transición, tanto metáfisica
como tecnológica, lo cual significa que en muchas situaciones, lo nuevo e
innovador se ve como algo “normal” aunque cuando esa normalidad interfiere con
la monotonía de las normas sociales, se considera como un tipo de rebeldía e
insolencia.
Es ahí donde los videojuegos entran en un dilema, se juzgan
como algo educativo y reformador o en contraparte como un acto de atrevimiento
e irreverencia. Una persona que juega videojuegos de vez en cuando, se
considera cool, mientras que el fanático es un “friki”.
Por lo cual, resumo, que ese grupo o categoría de
apasionados a una de las mejores actividades de entretenimiento digital, existe
desde los años 80’ como un tipo de anarquismo. Y no me malinterpreten, yo sé
que la palabra es fuerte como tal, pero el concepto en sí es bello, real y
sencillo.
Como lo redactó Emma Goldman, una de las escritoras más
representativas de la ideología, “El anarquismo significa la liberación de la
mente humana del dominio de la religión. La liberación del cuerpo humano de los
dominios de la propiedad. La liberación de los grilletes y las restricciones
gubernamentales. Significa un orden social basado en la libre agrupación de
individuos”.
Es por eso que los videojuegos contienen esa gallardía casi
perfecta. No te atienes a nada, nadie te controla, te sumerges dentro de una
pantalla y un control en las manos con la única finalidad de disfrutar. Todo lo
que te rodea se traslada a un segundo plano sin importancia.

Sin embargo, en la serie de televisión “Sons Of Anarchy”,
Kurt Sutter (Creador y escritor de la serie) me deleitó con una de las frases
más hermosas que he leído “La mayoría de los seres humanos piensan que quieren
libertad. En realidad, anhelan el cautiverio de un orden social, leyes rígidas
y materialismo. No obstante, la única libertad que el hombre quiere, es la
libertad de sentirse agusto”.

Y esto es exactamente lo que siento cada vez que alguien
critica mi frenesí hacia los videojuegos. El único libre albedrio que deseo, es
la de divertirme y entretenerme, pero sobre todo disfrutarlo. Esa es la
definición de anarquismo para mí, sin ideas políticas de por medio, sin miedo a
un juicio de valor externo, sin temor alguno a las críticas.
En conclusión, los videojuegos son un arte moderno, y todos
nosotros somos artífices de esta magnífica doctrina. Y esta anarquía
introspectiva, es el catalizador de una pasión sin límite hacia algo
considerado “friki”.

Por Redacción Orgullogamers

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