Vida y obra del bardo Wenceslao. Nuevo relato de la sección más solidaria de Orgullogamer, Relatos Solidarios. 

«Vida y obra del bardo Wenceslao»

Nos encontramos en la recta final de la primera fase de la aventura que iniciamos hace más de un año, si la memoria no me falla. La recepción de relatos ya quedó cerrada, pero aún tenemos unos cuantos relatos más que ofreceros, que estaban esperando su turno, en la recamara de la redacción. En esta ocasión, el amigo Álvaro Aparicio basa su relato en un clasicazo de los videojuegos. Os dejo con él.
Vida y obra del bardo Wenceslao
Pixelaos junto a mí, pues esta es una
historia que cabalga desde lo hondo del recuerdo.
                Es
hora de que hablemos de Wenceslao.
                Su
leyenda nació en un servidor pirata de UO, junto a una hoguera a las afueras de
Besper. Tocaba el laúd con la vista perdida en la oscuridad mientras le
destripaba a los viajeros del camino la primera película recién estrenada de El
Señor de los Anillos. En realidad, me la destripaba a mí…, pero caían todos
los que pasaban cerca.
                Para
él, el concepto de sorpresa en el cine era una pijada que carecía de sentido.
                –¿T’jodo
la pinícula? –le carcajeó a uno–. Veste a leer lo’libros, analfabesto. T’puta
madre.
                El
aspecto señorial de su avatar –exquisito en lo estético–, combinado con su
mente cochambrosa, algo que podía intuirse por su capacidad expresiva,
generaban una disonancia tan brutal que hipnotizaba a quienes no le conocían.
                –¡Eh!
–le gritó a uno que, en represalias, le lanzó una flecha desde lejos–. ¡Vente
pa’l bosque encantao que te jundo el pesho!
                Si
me preguntáis por qué abandoné la tranquilidad de aquella posada en Bretaña
para seguirlo en esa tragedia continua que significaba descifrar lo que decía,
no sabría responder con claridad. Pero ahí estaba yo, mirándolo con el ceño
fruncido ante esa continua batahola gañan que él llamaba: comunicación.
                –¿M’tiende
o vasé que no? –preguntó después de disertar sobre la posibilidad de que la
Comarca fuera una comuna amish. Porque, aunque se lo exigía a la concurrencia,
él no se había leído los libros.
                –Sí,
sí –le contesté muy seguro de mí mismo.
                –¡Je!,
esimportán que nos, tú sabe’. Mira, t’cuen…
                Y,
apartando el laúd, me contó que había encontrado en unas criptas un pasaje descendente
en el que una dragona había aovado una camada de cinco crías. Yo, apenas un
simple aprendiz de mago, asentía con la cabeza. Lo hacía con cualquier que
exhibiera cierta veteranía, y la nalgada de Wenceslao era todo callo. Aún
recuerdo que al ver su mochila repleta de hierbas pregunté sobresaltado:
–¿Tú también eres
mago?
                –Seh,
mago… rasca que ras –contestó llevándose un canuto invisible a los labios.
                Aquella
noche a las afueras de Besper, en plena Segunda Edad, con los héroes marchando
en masa a explorar las recién descubiertas Dapua y Pelucia, Wenceslao me
convenció, con su dicción imposible, de bajar a unas criptas perdidas de la
mano de Dios al encuentro de cinco criaturas con la capacidad de machacarnos
con medio gargajo mal expectorado…   Horas
después, extenuados de pelear contra la morralla que habitaba los pasillos
flanqueados de nichos, descendimos un tramo de escalera y llegamos a un
gigantesco lago subterráneo. El último escalón de piedra hacía frontera con lo
que parecía una playa de ceniza. Y ahí, en una esquina alejada de la luz de
nuestras antorchas, aparecieron los huevos. Eclosionados, por supuesto. Las
crías habían nacido semanas atrás. Wenceslao reconoció que el cálculo temporal
le flojeaba bastante.
                –Con
la’cita del’mbulatorio me pasa iguá.
                –Vámonos
–sugerí, dándome la vuelta–. Estarán mayorcitos, y si nos ven…
                –Serás
trolo –farfulló–. ¡Que sus parto!
                –Que
son cinco crías de dragón, joder, Wenceslao, me cago en tu vida. ¡Vámonos!
                –Quesonqué
–masculló, indignadísimo–. No puedo mai –protestó a continuación, cogiendo el
laúd y rasgando las cuerdas a lo loco–. ¡Ahíva!
                Wenceslao,
claro, tenía su orgullo. Antes de convertirse en la gran leyenda del servidor,
cosechó cierta fama como domador de bestias. Su masoquismo lo expuso a tantas
muertes estúpidas que, por narices, el éxito de vez en cuando le llegaba; y en
escenarios tan adversos, con criaturas capaces de mutilarte con sólo pestañear,
que el éxito acudiese era muy digno de mención. No obstante, lo común era verlo
corriendo en pelotas por Bretaña. Un administrador del servidor publicó en los
foros de la comunidad la tasa de muertes del bardo para hacer la gracia y
acertó: porque fue gracioso. Si alguien descubría el cadáver de Wenceslao,
hacía falta que éste estuviese en mitad del paso para valiese la pena hurgar en
su mochila, compuesta generalmente por basura y otros indicios de diógenes
digital.
                Regresando
al relato… Sí, las crías de dragón acudieron desde la oscuridad como cazas y
aterrizaron en la orilla de la playa con un retemblar que produjo ondulaciones
en las aguas de la orilla. Mientras yo me preparaba para abrazar la muerte,
Wenceslao guardó el laúd y se fue contra el primero a puñetazo limpio.
                –¡Mira,
miramira, tú-tú, mago –exclamaba esquivando los zarpazos y abofeteándole el
belfo a una de las bestias–, s’un recié nasío, copón! ¡Que penica haberse venío
al mundo pa’morirse y na más!
                Lo
que Wenceslao intentaba expresar era que las crías no sabían pelear. Esta gran
farsa se debía a que las reglas del servidor habían sido manipuladas en una
suerte de prostitución de las bases del juego. UO era complejo de narices, y la
peña de los servidores pirata, si además de no pagar, podía ya de paso pasarse
por el arco del triunfo dicha complejidad, genial: te nacían los Wenceslaos,
que lo flipaban con crías de dragón con una tasa de acierto de golpe
oportunamente baja. Eso sí, hubo un tortazo que le entró hasta la puerta de la
cocina. El bardo salió proyectado y se levantó tiritando como un manojo informe
de sangre.
                –¡Ojo
que’l guacho cornea! –gritó con asombro.
                Sin
este monumental absurdo, la leyenda de Wenceslao, desde aquel momento, el
Domador de Dragones –que morían lanceados por los guardias cada vez que éste se
olvidaba que lo seguían y atajaba por la capital–, nunca hubiera sido posible.
                La
consagración de su leyenda, no obstante, llegó poco después, cuando en la
carretera a Prinsic apareció de la nada un castillo. La riqueza que Wenceslao
había amasado entre domar dragones y explotar bugs le permitieron adquirir
rápidamente una de las más ostentosas construcciones del reino. Por supuesto,
que dicho logro se reservara sólo para su gozo personal no cabía en la mente de
un exhibicionista patológico como él… Así fue que soltó los planos del
puñetero castillo en mitad de la carretera, valiéndose estratégicamente de un
espacio diáfano del bosque. El chalado lo había medido de tal manera que, quien
no quisiera atravesar por su propiedad, debía dar un rodeo a través de zonas
fuertemente pobladas de enemigos.
                Hasta
aquí lo admisible –más o menos–; la verdadera sorpresa fue cuando nuestro
bienaventurado Wenceslao, embutido en una armadura de mithril y puesto hasta
las cejas de estupefacientes, se plantó en el vestíbulo del castillo exigiendo
peaje a los que quisieran atravesarlo.
–Ay, mi Dio,
Fermín –murmuraba blandiendo su florín–. ¿Me va’yudá a contar los mascahierro
que va’vení?
Yo asentía con
miedo, porque tales eventos tuvieron repercusiones. Pude atestiguarlo desde la
habitación que se me reservó en el edificio bajo el título supuestamente cómico
de Gran Concubina. Por muchas veces que media Bretaña, desde Escara Vrae a
Ninok, se compinchara para reventarle el chiringuito –como si hubiese un nuevo
jefe al que abatir–, Wenceslao regresaba malherido a su vestíbulo para custodiar
el peaje aunque eso implicase hacerlo en bolas. Naturalmente, con su obsesión
por cobrar consiguió pasarse por la piedra a más novatillos de lo que nunca
podrían fardar todos los guardias del castillo de Lord Frutish; y así, poco a
poco, aumentó su fortuna.
                –De
acuerdo, tienes razón –admití un día–: te estás forrando…
                –Compro,
vendo –soltó sin venir a cuento.
                –Ya
–suspiré–. Pero hay rumores de que esta noche vuelven los clanes a rompernos la
boca. Estoy cansado el perder el equipo.
                –Co’menos
culo tambié se caga –replicó tras un instante de reflexión–. Papafrita.
                Lamentablemente,
ni todas las tortas encajadas en esa y todas las noches siguientes consiguieron
aplacar el ánimo legalista de ciertos jugadores influyentes que, hartos de
matar al bardo, se quejaron a la administración del servidor. Por mi parte,
sería de abogado del diablo no reconocer que el castillo en medio del camino
era un coñazo. Y de tal guisa, Wenceslao fue empujado al desahucio. Su castillo
regresó en forma de plano a su mochila y de los cimientos no quedó nada. El
camino a Prinsic volvía a ser un insípido camino a Prinsic. Wenceslao, como
cabía esperar, no se lo tomó bien:
                 –¡Vo’a’dar jostias de do’ en do’ jasta que
san’impare!
                Desde
ese momento, Wenceslao se plantó frente al castillo de Lord Frutish –quizá
desconociendo que sólo era un NPC– y anunció a voz de pregón una huelga
indefinida. Ahí, como un pedazo de atrezo, insultaba por igual a los que le
habían dado muerte en el camino a Prinsic como a los que él mismo se había cepillado
con desprecio. Ganó tantos enemigos que su popularidad se disparó aún más. Se
creaban corros a su alrededor; muchos, de hecho, no podían o no querían
contenerse y le soltaban un sopapo, provocando que los guardias interviniesen y
se acumulasen los fiambres a los pies del bardo. Pero con el paso de los días,
el interés descendió y, hacia el final, sólo quedé yo, fiel compañero,
escuchando su incesante filípica.
                –Je,
t’quiero, minegro –dijo una noche–. ¿Te’cuerdas de juando comíamos cuerdas?
                –¿Cómo
dices?
–Voy
apor’l’Trankimazin.
Y ésto fue lo
último que dijo antes de que sus mensajes de protesta se repitiesen con un
orden sospechosamente programado.
Día tras días el
«carajaula» de las 17:10 era seguido por el «jálame el zapallo» de las 17:15.
Semana tras semana, Wenceslao permanecía en línea frente al castillo de Lord
Frutish acordándose de las madres de los amiguetes que llevaban el servidor,
indiferente a cualquier comentario directo que yo o cualquier otro le hiciera.
Estaba claro que Wenceslao no estaba realmente “ahí”. ¿Una macro? ¿Un programa
externo? ¿Un chino? ¿Una moneda enganchada al teclado? ¿Cómo conseguía
mantenerse en línea? ¿Acaso se relogueaba? ¿¡Cómo!? Dos meses después, los
interrogantes adquirieron un matiz perturbador. La gente se hacía preguntas. Y
hubiésemos querido continuar en la inopia…, pero la realidad a veces golpea sin
contemplaciones.
Wenceslao Martínez
Ferreira y González, castellonense afincado en Picassent, fue hallado muerto
por atragantamiento de fármacos el 3 de enero de 2003. Su cadáver, en avanzado
estado de putrefacción, con las manos encima del teclado, estaba frente a un
monitor en el que se veía a un pequeño bardo virtual proferir las siguientes
palabras:
–¡Ma’feo que
cercopiteco de videocasete conel traquin mal ajustao!
Era el insulto de
las 15:45. A veces nos deteníamos cerca del castillo de Lord Frutish unos
minutos antes sólo para leerlo. Nos encantaba esa mierda.
Aquella fue la
única vez que UO apareció en el periódico. Me hizo ilusión –tierna
adolescencia–, aunque mi abuela, zafia, me diera un codazo y recalcara: mira-lo-que-pasa-si-juegas-tanto. No
pude aguantarlo; la miré seriamente y contesté:
–Tenía 53 añazos;
me enseñó cosas como enganchar la moneda al teclado para subir hiding… Él
–susurré– me lo enseñó todo.
Y contuve las
lágrimas… Contuve las ganas de gritar: ¡fue mi leyenda!
Ahora, claro, con
treinta y tres tacos que tengo, pienso: joder, vaya pedazo de perturbado.

Relato escrito por: Álvaro Aparicio y basado en el videojuego >> Ultima Online<<

Por Mario Landflyer

Doctor en Filosofía. Campeón del mundo de futbolín. Mira la magia de mi melena. Practico el deporte y la cultura. Rey Emérito de Orgullogamers.

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