«Estamos Dentro»
R.I. Únicamente dos letras, eran
las que podían leerse, justo en el centro del sobre que amaneció encima de mi
mesilla de noche de mi pequeña pero apacible habitación. Junto al inmaculado
sobre blanco, yacía un extraño paquete rugoso.
Nada. Silencio. Esa noche fue
tranquila. No me atormentaron mis acostumbradas pesadillas, mi sueño no fue del
todo profundo, aun así,  no escuche el
más mínimo ruido en la madrugada. Nada que pudiera despertarme de mi sueño y
era evidente, que alguien o algo había estado en mi habitación aquella noche y
me había dejado tan particulares presentes. Un sobre con las letras R.I y ese
paquete anudado magníficamente con cuerda de embalaje.
Pregunté a mi casera sobre el
particular. Si alguien había visitado mi habitación aquella noche. Pese a
insistirle de la manera más indirecta que pude, sus negativas aún eran más
insistentes. Nada había visto, nada había subido por las escaleras en dirección
a mi habitación. Nada.
En el interior del sobre,
únicamente una dirección, una fecha y una hora concreta. Puse el paquete aún
sin abrir al lado de mi asiento. No abultaba tanto como para tener que meterlo
en el maletero del taxi que tome, frente al edificio de mi pensión, horas antes
de lo que marcaba la curiosa tarjeta del sobre.
La dirección donde tenía que ir,
se alejaba de la ciudad. “Lejos del mundanal ruido”. A las afueras, donde el
espacio a habitar, puede permitirte el lujo de tener un amplio jardín,
amurallado y custodiado por esas verjas de hierro antiguas, vestidas con malas
hierbas o hiedras secas enredadas, coronada por una fastuosa puerta de entrada
con un cordel con ansias de cadena pendida sobre una campana, que generalmente
no funciona.
Y allí me encontraba.  Justo en frente de la “fastuosa” puerta de
hierro que vigilaba la entrada de lo que parecía una antigua mansión
Victoriana. Aun podía percibir el olor a combustible quemado y el reguero de
humo que dejó el taxi al partir, cuando eché un nuevo vistazo a la tarjeta del
sobre para confirmar mis datos de dirección. Comprobé en mi reloj que faltaban
escasos diez minutos para la misteriosa cita.
Me adentré en el descuidado
jardín. La hora pactada era la hora exacta en la que el sol comienza a ponerse,
dando un ambiente aún más tenebroso si cabe a mi situación. Subí las escaleras
que dirigían a la entrada de la mansión.
 Miré hacia arriba para abarcar la envergadura
de la descomunal puerta de entrada. Mis nudillos cantaron en la dura madera. La
puerta se abrió, como suelen abrirse en las películas de terror, es decir,
emitiendo un doloroso y prolongado quejido. Un hombre con túnica y encapuchado,
portando un corroído candil me recibió. Sin decir una sola palabra, solo con el
gesto de su brazo, me indicó que pasara. Me lo pensé por un momento.
Pero me adentré en la mansión. El
encapuchado me guiaba por un amplio pasillo iluminado por antorchas. Sobre sus
paredes, colgaban cuadros inquietantes. Me hacían recordar a Francis Bacon en
sus trazos, aunque la temática distaba mucho de la muerte o la parte oscura de
la psique humana. En lugar de distorsionados nobles o retorcidas pesadillas,
aparecía un Sonic portando un anillo, o un Super Mario devorando una seta.
El Encapuchado giró su cabeza.
Con una voz profunda y gruesa, que sólo había escuchado en las más oscuras de
mis pesadillas, me dijo que abriera el paquete, que no se escapaba de mis
brazos de lo fuerte que lo amarraba y que me pusiera la túnica con capucha que
había en su interior. Eso hice.
El pasillo daba al salón
principal de la mansión. Una vez cruzadas sus puertas me encontré en frente de
una gigantesca mesa con más encapuchados rodeándola. En pie y supongo que
observándome desde sus cubiertas caras encapuchadas empezaron a cantar en una
extraña lengua.
Uno de ellos habló. “Debes pasar
la prueba”. Me sentaron en una silla que bien parecía un trono y pusieron
delante de mis narices algo que hizo que me relajara por completo, porque más
en mi ambiente no podía estar. Lo que me pusieron fue una máquina recreativa,
con el Golden Axe corriendo por sus entrañas.
La prueba consistía en pasarme el
juego, con un solo crédito. Una moneda de oro hacía funcionar la máquina de
madera. “Lo tengo chupado” me dije.  Dicho y hecho. Escogí al enano del hacha y me
lo acabé, no sólo con un crédito, si no que los esbirros de Death Adder, no  consiguieron quitarme ni uno sólo de mis “cuadros”
de vida.

Los encapuchados se “desencapucharon”.
Aplaudieron, rieron y corearon mi partida perfecta. Las luces se encendieron,
momento en el cual vi el salón donde me encontraba, al completo. Estaba repleto
de Máquinas recreativas y ordenadores “viejunos” conectados a viejos
televisores de tubo, cantidades ingentes de cerveza se apilaban por todos
lados, “una buena fiesta, tenéis preparada” dije, ellos se acercaron a mí y me
dijeron:
Bienvenido a RetroInvaders 


Estamos Dentro.
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Retroinvaders Retro-informática en el presente

Por Mario Landflyer

Doctor en Filosofía. Campeón del mundo de futbolín. Mira la magia de mi melena. Practico el deporte y la cultura. Rey Emérito de Orgullogamers.

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Josepzin

Bienvenidos! y TREMENDA presentación!!! :O :O

Mario Roda

Muchas gracias por ambas cosas 😉

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